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España y los toros PDF
 

Por José Carlos Martín Palanca

alt  SUR, 21 January 2010

 

Muchas de las cosas y circunstancias que, hasta no hace mucho tiempo, eran de lo más normal del mundo, ahora resultan escabrosas y hasta discutibles.  Una de esas cosas, es la hasta ahora denominada fiesta nacional o toros. 

 altEn España, como estamos hartos de ver a lo largo y ancho de su historia, somos pendulares por sistema y solemos pasar de unos extremos a los otros; o sea “del calvo a tres pelucas” o del “don Juan a juanillo”, con la mayor de las facilidades y con carácter cíclico.
Por ello, no resulta nada extraño, aunque hasta ahora jamás se había planteado tal cuestión, que se cuestione e incluso se hable de prohibir, en una determinada parte de España, las corridas de toros.
Como digo al principio, de éste un tema bastante enojoso de abordar, aunque defendible por cualquier lado desde el que se vea o contemple.
Se argumentan, por parte de los detractores de la fiesta, que es una salvajada; algo sanguinario, cruel y hasta sádico.
Casualmente, si extrapolamos la tan exhibida sensibilidad a la parcela de otra clase de animales, como por ejemple el cerdo o el pato, por referirme a algunos, el asunto cambia y pasa completamente inadvertido.
Precisamente existen una infinidad de seres vivos, en la zoología, come el caballo, por ejemplo, que además de poseer una gran memoria, es muy inteligente y hábil.
No hablemos ya de los elefantes, cuya memoria es paradigmática.
En fin, que, en ese orden de cosas, el toro bravo participa de las mismas características de memoria y entendimiento que la inmensa mayoría de animales, todos los cuales carecen de una cualidad: la voluntad.  Se guían por el instinto.
Al cerdo se le lleva al matadero para obtenerse de él sus productos y chacinas.  A los patos se les engorda e indigesta de manera casi cruel, para enfermarle el hígado y extraerse de él el exquisito foigras, etcétera. Sin ella, ese animal se extinguiría y esa pugna, en el ruedo, no tendría lugar.
Evidentemente, los toros, como cualquier ser vivo, reaccionan frente a cualquier estímulo, por un instinto básico de conservación; pero solo su “voluntad”, si la poseyese, le permitiría optar por la pasividad o la huída, con lo que la fiesta desaparecería por consunción de uno de sus protagonistas. Pero esa cualidad volitiva solo la poseemos los seres humanos, como atributo del alma: memoria, entendimiento y voluntad.
Se podrían hacer objeciones, con parecidos argumentos, a la actividad cinegética en general: la caza menor, la mayor o los safaris.
Pero, existe una circunstancia que no se dan en esas actividades lúdicas y sí se dan en la fiesta de los toros: Que es eminentemente española y que forma parte de la más arraigada tradición, desde tiempo inmemorial.
Y dicha circunstancia, es muy posible que más que molestar a ‘la sensibilidad’ de los amantes de los animales, entre los que me cuento, moleste a quienes ven en todos los actos, conmemoraciones y fiestas que evocan a España, algo insoportable, reprobable, objeto de expedientes de erradicación en los posible.
El mundo taurino, en sus entresijos y entre bastidores, tienen muchos defectos, como el del fútbol, boxeo, etc. Quizá no sea oro todo lo que reluce.  Pero lo que sí es completamente cierto es que, al fin y a la postre, lo que cuenta, se valora y contabiliza es el valor de quien es capaz de ponerse ante un astado y torearlo.
En esos momentos, de una buena faena en el ruedo, se enciende un halo mágico en los tendidos y ya no cuenta cuanto se argumenta insustancialmente, por algunos, en defensa del astado sino la profundidad de lo que el encuentro entre el diestro y la bestia, supone y representa, con su carga de historia, tradición y estética.
A quien no le guste o le desagrade que no vaya.  En eso estriba la libertad y no en prohibir lo que, para una inmensa mayoría, supone España y los toros.